El Imperio Carolingio 2.0

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“Porque es Francia”. Esta fue la sencilla y aleccionadora respuesta que dio con sonrisa pícara Jean Claude Juncker cuando se le preguntó por qué Francia no sufría iguales sanciones que otros miembros a los mismos desmanes financieros, y en tan sencilla frase resumió uno de los principales escollos que los rendidos europeístas ignoran para nuestro mal.

Puedo entender perfectamente los beneficios que ha traído la Unión Europea, y del mismo modo comprendo las razones históricas, económicas, geopolíticas y hasta psicológicas para desear el nacimiento de unos Estados Unidos de Europa. Qué alivio subsumir todas nuestras interminables rencillas mezquinas en un enorme país de Lisboa a Tallin.

Pero es un sueño, y un sueño peligrosamente alejado de la realidad. La Unión Europea se parece menos a esa patria común en perfecta igualdad que a una reedición del Imperio Carolingio, con Francia y Alemania como partes esenciales y los demás (especialmente, el sur) relegados a un benévolo vasallaje.

Bruselas está troleando a España, sigue haciéndolo como ha hecho siempre con los etarras que no extradita, al igual que el prófugo Puigdemont, ahora convertido en intocable, como Junqueras, porque España no es Francia y Alemania, y ahí está todo. España es de segunda, y en una Europa Estado, que es a lo que se quiere ir, sería la periferia, cuyos intereses deberán someterse perpetuamente a los de franceses y alemanes. ¿O alguien piensa de verdad, de buena fe, que se atreverían a hacerle a Berlín o París lo que nos están haciendo?

Se tiende a presentar a quienes muestran reparos ante el poder creciente de Bruselas, a los que quieren que la Unión siga siendo un tratado internacional que respete la plena soberanía de sus miembros, como paletos cerriles que no ven más allá de los límites de la aldea. Pero los que yo conozco son todos ardientes europeístas, enamorados de Europa y de uno de los inventos más brillantes de su historia: el Estado nación.