YA NO CUELA

La fe

|

La democracia exige fe. No necesariamente fe en los gobernantes, no fe en la palabra de los candidatos sobre sus intenciones. El sistema puede sobrevivir perfectamente al recelo y la suspicacia en ese sentido, e incluso funciona mejor con ellos.

Me refiero a fe en el proceso, en la mecánica. La gente tiene que creer que el sistema funciona, al menos en el sentido de que hace ganar al partido o candidato con más apoyos expresados en el voto. En el momento en que no es así o cuando cree que puede no ser así, el sistema está condenado, por mucho que se mantenga la cáscara y la ilusión.

Anoche (para España) el presidente Donald Trump dio el habitual discurso del Estado de la Unión, un discurso vibrante y triunfante, tras una semana en la que los esfuerzos de sus rivales demócratas de descabalgarle del poder mediante el procedimiento parlamentario del ‘impeachment’ se vieron casi definitivamente frustrados, y el mismo día en que el ‘caucus’ de Iowa, el pistoletazo de salida en las primarias del Partido Demócrata, se convertía en una caos en el que nadie sabe quién ha ganada, y con un tufo a pucherazo contra Bernie Sanders que tira de espaldas.

Dicen que el proceso de ‘impeachment’ se inició con un chivatazo a finales del pasado año, pero nadie que haya seguido mínimamente las noticias sobre Estados Unidos puede creerse eso. Arrojar a Trump a patadas de la Casa Blanca es un plan que se puso en marcha antes incluso de que el presidente tomara posesión, hace más de tres años, y la palabra ‘impeachment’ ha estado en boca de los bustos parlantes de las grandes cadenas y en la pluma de los periodistas de campanillas desde el principio.

En un melodramático pero muy expresivo gesto de mal perder, la demócrata Nancy Pelosi, presidente de la Cámara de Representantes, rasgó delante de todo el Senado y el país todo el discurso que le había entregado Trump. Esto, la no aceptación de la derrota, la seguridad de la izquierda de ser los únicos representantes legítimos del pueblo, digan lo que digan las urnas, es lo que destruye la democracia, porque destruye la fe en el sistema.