YA NO CUELA

La gente guapa

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Ayer un Pedro Sánchez moreno de Doñana y La Maretta se rodeó de la gente guapa en un palacio madrileño para posar ante los españoles y repetir palabras huecas que, si bien no significan gran cosa, suenan bien.

Era la España oficial, el país oficial de un presidente bananero, el brillo de bisutería, los focos tan centrados en quienes no van a pasarlo mal por mal que nos vaya a todos los demás que la oscuridad del resto de España parecía aún más oscura.

Es su salsa, su ambiente, lo que siempre ha soñado este mediocre charlatán que en una sociedad sensata sería jefe de la planta de caballeros de unos grandes almacenes.

Allí estaban, nos dicen, los ‘empresarios’. No, estaban los responsables de multinacionales a muchas de las cuales solo les queda de españolas el origen, el registro y poco más, cuyo principal cliente aquí es el Estado y cuya facturación mayoritaria está fuera. Esas, en fin, que no van a desaparecer por mal que vaya la cosa; en el peor de los casos, solo tienen que irse de aquí.

También estaban algunos de esos solidarios de chalet, socialistas de salón, a quienes el pomposo lenguaje mediático llama ‘mundo de la cultura’, faranduleros al sol que más calienta.

Fuera, en la España real, cerrarán este mes sesenta mil empresas, de esas que no pueden permitirse no tener patria. El paro llegará en breve a una cuarta parte de la población activa. Y llegará la desesperación a millones de hogares que ya se preguntan de qué van a vivir en los próximos meses. Para ellos, Sánchez tiene ‘feminismo’ y ‘transición ecológica’, y ‘España puede’ y otras consignas que no quitan el hambre.

Los más pesimistas de mis amigos, los que están de vuelta de todo, aseguran que nada de esto va a cambiar el empecinado espejismo en que viven tantos, porque el poder controla todo lo que les llega, todas las ideas y lemas, culpables imaginarios y excusas cada vez menos plausibles. Y, sí, la propaganda se ha revelado muy poderosa, pero no le aguanta una bofetada a la fría realidad cuando esta se imponga implacable. Estos son los meses del amargo despertar.