La ley no basta

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Moro: “¿Qué harías tú? ¿Te saltarías la ley para coger al diablo?”

Roper: “¡Me saltaría todas las leyes de Inglaterra para lograrlo!”

Moro: “¡Oh! Y cuando hayas destruido la última ley, y el diablo dé la vuelta y vaya a por ti, ¿dónde te refugiarás, Roper? Este país está sembrado de leyes de costa a costa: de leyes de hombres, no de leyes de Dios. Y si tú te las saltas, ¿piensas que podrás mantenerte en pie cuando soplen los vientos que tú mismo habrás levantado? Sí: daría al diablo el beneficio de la ley… para mi propia seguridad”.

Hay frases en las que lo terrible de su significado es lo que sugieren como alternativa. Decir “los padres no pertenecen a sus hijos” es, sin más, una afirmación correcta. Solo se vuelve realmente ominosa cuando la dice una ministra de Educación y sabemos que la inferencia es que los hijos son del Estado.

Ha dicho Sánchez, en referencia al contencioso catalán, que “la ley no basta”. Podía haber añadido, con San Pablo, que “la Ley mata y el Espíritu vivifica”, pero nos tememos que no iba por ahí. Una vez más, debemos pensar en quién lo dice y sobre qué lo dice para concluir la ominosa consecuencia: más allá de la ley, está el capricho del gobernante. No hay tercera opción.

La ley es lo único que nos protege en la vida civil de la tiranía. La peor de las leyes, si se ajusta a derecho, es al menos una garantía para saber de qué lado está uno. Uno puede aprenderse la ley para evitar vulnerarla, pero no puede adivinar cuál será la próxima decisión del gobernante.

Si la ley no basta en este asunto, se puede decretar igual que no basta en cualquier otro. Si el Príncipe puede ignorar la ley aquí y ahora sin consecuencias, puede ignorarla en cualquier circunstancia y en cualquier momento. El muro de contención ha caído, la presa se ha abierto. E incluso quienes hoy puedan alegrarse o sentirse aliviados del resultado de saltarse esta o aquella ley, verán para su mal que no tendrán la ley cuando sean ellos quienes la necesiten.