La luz

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Un efecto que conocen todos los consumidores de estupefacientes es el de ‘tolerancia’, que define el fenómeno por el que los efectos de la droga disminuyen con el tiempo y hay que aumentar continuamente la dosis.

Con la exhumación de Franco entramos en la sobredosis desesperada: las 16 primeras noticias de El País online van sobre lo mismo, sobre un personaje histórico que gobernó España hace 44 años. Pero miento: no se trata, en realidad, de ningún personaje histórico; el Franco real no le interesa a nadie. Interesa el símbolo, el Goldstein omnipresente cuya sombra ominosa justifica cualquier medida de la izquierda.

Naturalmente, la exhumación de Franco no es el fin de Franco, no es el fin de su uso como espantajo permanente de nuestra vida política. Pero sospecho que sí lo es de su utilidad, que entramos en el terreno de la heterotelia o, en español, el tiro por la culata; ese punto en el que al aumentar aún más la dosis de un remedio acaba teniendo el resultado contrario al pretendido. El cocinero ha aumentado el fuego demasiado bruscamente y la rana está a punto de saltar fuera de la olla donde empezaba a cocerse, adormecida.

Pablo Iglesias, que ahora no lucha ya por asaltar los cielos sino por su mera supervivencia política, ha criticado a Sánchez por hacer lo que le hubiera gustado hacer a él, y hacerlo como primer evento de campaña sin disimulo alguno. Pero el pequeño Errejón, su espinita, tu quoque, Íñigo, ha entrado en la disputa para decir que “las políticas progresistas son buenas las haga quien las haga”.

Ya saben: desenterrar a los muertos, a muertos que llevan 44 años bien muertos, es progresista. No queremos saber entonces qué será lo retrógrado.

Con todo lo que tiene de macabro, triste, esperpéntico y rastrero, la exhumación de Franco es un momento de luz, de claridad. Termina el largo baile de disfraces y caen las máscaras al resplandor de la aurora, y eso es bueno, aunque doloroso.

Vemos, por ejemplo, que la izquierda nunca creyó en la reconciliación de los españoles. Ese fue un teatrillo, una actuación que aceptó interpretar mientras se sabía demasiado débil aún para pedir la revancha.

Vemos que el PP nunca fue ‘derecha’ en ningún sentido inteligible, nunca tuvo un modelo de sociedad que no fuera meramente negativo, un vago mantener lo que haya en cada momento; que ha sido, por el contrario, el socio necesario de la izquierda, para hacer ‘opinión conservadora’ y normalizar los disparates de la izquierda y, sobre todo, para impedir que España tenga una derecha verdadera.

Vemos que la jerarquía española es, en su abrumadora mayoría, un hatajo de funcionarios acobardados, interesados sobre todo en mantener una cuota de poder que ya no se justifica, y que no tiene nada que decir cuando el Gobierno asalta con hombres armados un templo consagrado.

La luz es desagradable cuando uno ha pasado mucho tiempo en penumbra; hace daño a los ojos, y lo que hay que ver es cualquier cosa menos agradable. Pero es luz.