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Mi alerta antifascista

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Cuando uno habla popularmente de ‘fascismo’ -y se habla popularmente de él a todas horas, sin parar, en progresión acelerada-, nadie lo hace pensando en el corporativismo de Mussolini. Uno se refiere vagamente a una tiranía hecha de simplificaciones, de ordeno y mando, de imposición por la violencia, de propaganda obsesiva y culto al líder. No es una ideología, sino más bien una actitud, una enfermedad de la política, un último recurso, suicida, de la exasperación y el agotamiento.

Por eso, porque es más categoría que ideología, y categoría impecablemente satanizada, es por lo que todos ambicionan la etiqueta para colgársela al rival político con la esperanza de que cuaje y se consolide en el electorado la identificación.

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Tan apetecible es como arma, y tan fácil endilgársela a cualquiera a la derecha de Pol Pot, que el término acaba desgastándose, significando, como preveía hace ya tanto George Orwell, que no estás de acuerdo con la persona a quien descalificas con el temido vocablo. Nada en este bajo mundo escapa a la ley de rendimientos decrecientes, y ya todos somos el fascista de alguien.

Y es una pena, porque la actitud que describía al principio es real, y es realmente peligrosa, aunque quizá la etiqueta elegida para nombrarla sea abusiva. En el sentido popular y fácilmente reconocible del que hablamos, el ‘fascismo’ -que no se me crispen los historiadores- es un riesgo presente y creciente.

Por ejemplo, ¿han visto a Adriana Lastra pegando gritos y descalificando a un partido escrupulosamente democrático con una sola palabra? Esa es una típica actitud fascista. Es la demonización del enemigo que evita el esfuerzo de desmontar sus argumentos. Es apelar a la emoción sobre la razón, tratar de convertir un grupo en una masa de horcas y antorchas.

Hacer listas de desafectos es prototípicamente fascista, como lo es el uso de bandas que intimiden al contrario y, muy especialmente, le impidan hablar.

Es fascista que solo haya una opinión admitida para cada asunto, e imagino que el uberfascismo, el colmo del fascismo, debería ser que haya asuntos de los que ni siquiera se pueda informar, ni siquiera para dar la opinión correcta. El tabú es, naturalmente, muy anterior a la etiqueta, pero creo que podemos englobarlo en ella en el sentido en el que se usa vulgarmente.

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Y este tabú, esta prohibición de fijarse en datos, de ver sin filtros determinadas realidades, acaba también siendo matriz de fascismo. Porque si hay algo que cualquiera puede ver pero de lo que nadie puede hablar, que no se menciona en el discurso público ni en la sociedad de los electos, la gente queda dispuesta a pensar lo peor. Y ese sí es un camino peligroso.