YA NO CUELA

Moderación

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Es digno de verse el rifirrafe entre el victorioso Feijóo y el jefe de su partido, Casado, por ver cuál de los dos es más ‘moderado’. No entraré a mediar en su ridícula -y moderadísima- pugna, porque hay abismos de indefinición política en los que es difícil distinguir grados.

Como rasgo personal de carácter, la moderación es cosa loable. En política, sin embargo, es otra cosa, y en el caso concreto del PP nos parece que la palabra, aunque se entiende perfectamente, está mal escogida. No es moderación, es nihilismo. Es una absoluta falta de principios, una liberadora ausencia de premisas, una candorosa disposición a subcontratar al rival la definición de lo aceptable, lo prohibido, lo condenable y lo digno de aplauso.

La moderación, en este sentido, es como la traición en las palabras de Talleyrand: una cuestión de fechas. Lo más disparatado, impensable y extremo de hace solo unos años se hace hoy no meramente defendible, sino obligatorio. Pero no se le oculta a nadie que todos esos dogmas de obligada confesión los trajo la izquierda, como es igualmente evidente que la derecha tarda apenas un año o dos en convertirse en su más encendido defensor.

Esta dinámica, que en buena lógica anima al electorado a saltarse el decalaje y votar directamente a los innovadores originales, se considera en el Partido Popular una virtud, la prueba definitiva de su ‘moderación’. En realidad es la prueba de que no tienen ni principios ni ideas propias, y que si se tratara de un mercado industrial los ‘peperos’ tendrían que pagar al PSOE fortunas en concepto de derechos.

El juego es, por lo demás, teóricamente infinito. Como la moderación consiste en compartir las ideas que ha parido el socialismo, el Aquiles pepero nunca alcanza a la tortuga socialista, porque basta que esta avance hacia la izquierda para que los ‘populares’ pierdan de nuevo el punto de moderación y de nuevo tengan que avanzar a rastras para recuperarlo, y así todo el espectro baila al son que toca la izquierda.