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La Modernidad de Ramón Gaya en el Museo del Prado

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“La modernidad no puede ser más que un simple… estado por el que pasan –y pasan irremediablemente–  las más o menos pobres obras de arte nuestras, pero sin formar parte de ellas. […] Claro que existe… otra cosa –una especie, diríamos, de energía soterrada– que acaso también puede (y con mayor motivo) ser considerada ‘modernidad’, pero no es, entonces, en absoluto, esa petulante modernidad exterior, vistosa, brillosa, fugacísima, que todos sabemos, sino otra más secreta, más verdadera: es una modernidad que no consiste en ir sacándose de la manga, sin ton ni son, míseras novedades pueriles, tontas, tontucias, sino en dar vigorosa vida sucesiva a lo de siempre, a lo fijo de siempre. Porque si ‘clásico no es más que vivo’, moderno no puede ser más que vivo también; pero claro, vivo de… vida, de vida vívida.” Son palabras escritas por el pintor Ramón Gaya alrededor de 1978. El Museo del Prado acogió esta semana el simposio La Modernidad de Ramón Gaya, homenaje al pintor mediante conferencias y mesas redondas dentro de los actos del Bicentenario del Museo que también coincide con el XXIX Aniversario del Museo Ramón Gaya. Más de 300 personas asistieron en la mañana de la inauguración en la pinacoteca madrileña que definió, en 1953, desde su exilio como “más una patria que un museo”, tal como dejó escrito en el texto Roca Española.

Precisamente, el pasado viernes, Javier Solana, presidente del Real Patronato del Museo del Prado, insistió en su discurso de agradecimiento en los premios Princesa de Asturias en esa idea del Museo del Prado como patria: “Decía Ramón Gaya, pintor que vivió el exilio, que el Prado visto en la distancia ‘no se presenta nunca como un museo sino como una especie de patria’, entendiendo este término no como una limitación de fronteras sino como un lugar capaz de cobijar el alma humana. Por eso el Museo del Prado no es sólo de la ciudad de Madrid estando allí. Por eso no es un museo sólo español, siendo parte de todos y cada uno de los españoles. Es una institución que forma parte esencial del patrimonio común de la humanidad y un compendio de la mejor aportación de España a la cultura universal”.

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El homenaje al pintor y escritor, nacido en Murcia en 1910, reunió en Madrid a pintores, escritores y expertos en su obra. En la apertura del simposio estuvo presente el alcalde de Murcia, José Ballesta y miembros de la corporación municipal. También el pintor Pedro Serna; el poeta Eloy Sánchez Rosillo; el escritor Andrés Trapiello; estudiosos de la obra de Gaya como Miriam Moreno Aguirre; la directora de los Molinos del Río, Carmen Hernández; Isabel Verdejo, viuda del pintor y miembro del patronato Museo Ramón Gaya, Manuel Borrás, director literario de Pre-Textos y la hija del pintor, Alicia Gaya. Además, el poeta y crítico de arte y literatura Juan Manuel Bonet así como el conservador de El Prado Javier Barón Thaidigsmann yel cineasta Jonás Trueba. Asimismo, la proyección de La Serenissima, de Gonzalo Ballester, documental finalista en los premios Goya 2007, fue el magnífico colofón.

Jonás Trueba ya se refirió, de la mano del libro de Miriam Moreno, al tema de la modernidad en Letras Libres. Idea que reiteró en el Museo del Prado. “Al fin y al cabo, esa idea de “otra modernidad” sugerida por el propio Gaya y que da título a la obra de Miriam Moreno –Otra modernidad–  se convierte en el argumento que tensa la lectura del libro de principio a fin. El mundo de ayer, con sus batallas ideológicas y artísticas, sigue presente en nuestras conversaciones de hoy; de él también derivan muchas de las nuevas formas de comportamiento. La modernidad que encarna Ramón Gaya, esa otra modernidad posible que retoma Miriam Moreno, consiste más bien en “un giro inesperadamente transgresor o, mejor: transvalorador”. Buceando en las tesis de Henri Bergson, la autora encuentra en la idea de “sucesión” –que el filósofo francés resumía en “la conservación del pasado en el presente”– un hilo de transmisión que Gaya parece asumir radicalmente, con toda humildad: “Sólo es posible refrescarse en el principio, en lo primero, y por lo tanto se necesita, no propiamente volver a lo antiguo, sino acordarse, o sea, acordar la antigua juventud del hombre con su actual vejez. Porque el más terrible destino de lo moderno aparente, vigente, no es sólo envejecer a toda prisa, sino nacer ya in partenza más viejo que lo anterior”. Gaya era además –como el mismo aseveró- “un pintor que escribe”, un autor que necesita explicar y explicarse y, por si fuera poco, uno de los grandes poetas castellanos del siglo XX. “Pocas veces coinciden en un solo creador el don de la pintura y el talento para las letras. Cuando así ocurre, como en el caso de Ramón Gaya, lo pintado y lo escrito no se acumulan como mera adición de aportaciones independientes sino que interactúan con reciprocidad, como espejos enfrentados que se transforman e iluminan entre sí”, escribía José Saborit en ABC.

Es a partir de su primer gran viaje a París, en 1928, donde conoce a Picasso y entra en la tradición de la gran pintura europea: “Cuando vuelve a Murcia, Jorge Guillén le pregunta lo que había visto en París y el pintor responde que lo que más le gustan son Las Meninas. La decepción del arte de vanguardia se debe a su parte de artificio y olvido del arte de la tradición. Desde entonces se agarra a la gran roca española del Museo del Prado, que considera el corazón de Occidente”. Por su parte, Cristóbal Belda, catedrático de la Universidad de Murcia y codirector de este encuentro, abordó la vinculación que Gaya tuvo a lo largo de toda su vida con la pinacoteca estatal, incluso durante sus años en el exilio, “con lo que este evento devuelve al Prado al artista que más escribió sobre él y al que homenajeó desde el extranjero”.

“Se puede afirmar de los escritos de Gaya”, decía el filósofo italiano Giorgio Agamben, “lo que se ha afirmado de los aforismos de Nietzsche; a saber, que aunque son asistemáticos y fragmentarios, contienen más rigor que muchos tratados de estética”. Así, durante las conferencias, se trató  la idea de “salvación” referida a la pintura y a la obra de creación en general muy propia de Gaya. Hay que recordar que Octavio Paz, para apoyar a Gaya en su primera exposición en México, afirmaba esa idea: “Ramón Gaya, en estos cuadros, no crea otra vida, sino que salva unos pocos minutos de esta vida nuestra y los hechiza y detiene, sin que pierdan su influencia. Y al salvar de sí mismo a una porción del tiempo, ¿quién duda que salvará de la muerte a un poco de nosotros mismos?”.

“El arte español es siempre un despertar, una vigilia, una sabiduría última”, señalaba Gaya. “El Prado puede entusiasmar a cualquier ciudadano del mundo”. Javier Solana recordó en el discurso de los premios Princesa de Asturias aquello de Gaya sobre el Prado, que desde lejos, “cobijaba el alma humana. Una de las mejores aportaciones de España a la cultura universal”.

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