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El Muro de Contención contra el Fascismo

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Se cumplen por estas fechas treinta años de la caída del Muro de Berlín, aka Muro de Contención contra el Fascismo, y no puedo sino reírme de todas las cosas que pensamos y dijimos en día tan mágico e inesperado. Los berlineses orientales saltaban hacia la luz y se abrazaban llorando a quienes habían compartido, invisibles, la misma ciudad, caído un muro que no existía, como es costumbre inveterada de los muros urbanos desde la antigüedad, para que los de fuera no entraran, sino para que los de dentro no salieran; la pared vigilida de una enorme prisión. Salieron, y el mundo entero pudo ver lo que había al otro lado, la vida de los otros, marcando el fin de un régimen que había sojuzgado durante tanto tiempo a media humanidad.

Desde que existe, el comunismo, el paraíso socialista, ha necesitado muros y guardias para impedir que la gente salga, lo que, de tratarse, no sé, de un restaurante o un hipermercado no sería la mejor publicidad. Pero aunque la utopía es obstinada, aquel derrumbe, todos los testimonios de los liberados y todo lo que quedaba ante los ojos del viajero, ya capaz de adentrarse en lo que fuera territorio semiprohibido, sin duda suponía el fin definitivo de aquella pesadilla, como un recordatorio perpetuo de la locura humana. Y ya ven, fue que no.

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El virus dejó Moscú para instalarse cómodamente en las universidades de Occidente, y chavales que creen que el wifi es tan natural como el aire y que no se han saltado sus cuatro comidas un solo día, escriben bajo el símbolo de la hoz y el martillo mensajes de pésame por aquella triste pared que vuelven a llamar Muro de Contención contra el Fascismo.

Nadie escarmienta en cabeza ajena, supongo, y aquello sea como tantas enfermedades que hay que pasar para saberse curado del todo, inmune como los húngaros, los polacos, los checos o los demás pueblos que nos miran como si estuviésemos idiotas. Porque, probablemente, lo estamos.