PUBLICIDAD

La naturaleza de las cosas de Chema Madoz

|

“Mi encuentro con las imágenes es fortuito, me tropiezo con ellas. No surgen de un concepto o una idea preconcebida. Trabajo con mi entorno, con lo que me envuelve y me conmueve”. Así describe el encuentro de su mirada con la cotidianidad el fotógrafo Chema Madoz. Una mirada poética que inspira nuestra imaginación contando historias a través de una castañuela abierta que puede ser una ostra; el agua que se derrama de un vaso tumbado, un hilo que se desliza por el borde de una mesa; una copa de cóctel como un pubis femenino o un collar de perlas, una horca…

El fotógrafo Chema Madoz acaba de presentar La naturaleza de las cosas, una muestra en la que reúne 62 fotografías en blanco y negro y que se puede ver en el Real Jardín Botánico. Madoz “juega como un niño” para lograr imágenes evocadoras, agresivas o con humor que surgen de lo inesperado: “Siempre me ha parecido que el juego es la primera idea del conocimiento y esa idea está presente en todas las imágenes. Jugar con las fotografías no deja de ser una deuda con estos artistas que te han ayudado a acercarte al arte”. Las ideas surgen de lo insospechado y así consigue transformar unas simples piedras en un monedero, un pie o incluso un globo. Y sigo despertando la imaginación del lector: su cámara convierte un huevo en una taza de café, unas gotas de agua en piezas de un puzzle o los auriculares de un antiguo teléfono en un par de pendientes. “Es la revancha del objeto cotidiano que sale de su monotonía para convertirse en un artefacto casi mágico, por fin liberado de su cruel destino de utensilio”. Gracias al objetivo de Chema Madoz también una cucharita puede tener otra vida, más allá del fin utilitario para el que fue concebida: “En cada imagen está mi intención, pero los niveles de lectura son diversos según el bagaje del espectador y no siempre su visión coincide con la mía”, contaba Roberta Brosco.

PUBLICIDAD

Siempre acompañado de su Hasselblad, una cámara con una excelente óptica que salió al mercado el mismo año de su nacimiento: “Siempre trabajo con cámara analógica porque entronca con una forma más clásica de concebir la fotografía y la construcción de la imagen. No excluyo utilizar cámaras digitales algún día, pero lo digital supone una alteración radical de la forma de ver, implica un cambio del espíritu del trabajo con el blanco y negro”. Para esa elección, “primero hubo motivos prosaicos, como el hecho de que era más fácil para trabajar en el laboratorio que el color”. Pero luego fue su propio trabajo el que le siguió pidiendo transitar entre los grises: “Con el color siempre puedes datar una imagen, pero el blanco y negro es más intemporal. Además, es una reelaboración de la realidad. Al carecer de color, las imágenes pertenecen a un territorio distinto que tiene que ver más con lo imaginario”. Volviendo al inicio, a Madoz siempre le ha parecido que el juego es la primera idea del conocimiento y esa idea está presente en todas sus imágenes. “Cuando yo me empecé a interesar por la imagen, el blanco y negro reunía todo lo que me gustaba: es un universo que tiene que ver con lo imaginario, que engarza muy bien con la dinámica conceptual y que se acerca más al dibujo y a la representación”, y añadió que “jugar con las fotografías no deja de ser una deuda con estos artistas que te han ayudado a acercarte al arte con una visión atractiva, defendió el fotógrafo…

La muestra, que estará hasta el próximo 1 de marzo de 2020, incluye algunos de los temas habituales de Madoz, que prescinde “del azar” para buscar él mismo el resultado final. “Es una forma de desgranar lo que tienes en tu cabeza, estando atento a tu alrededor”, explicó durante la rueda de prensa. “Siempre me ha interesado hacer imágenes que no se agoten a pesar de tenerlas delante. Que a pesar de verlas a diario sigan produciendo esa pulsión de acercarte de nuevo a ellas y hacerlas tuyas”. Cuando le hablan de ese ritmo pausado a la hora de trabajar y mostrar al espectador finalmente su trabajo, “es el ritmo con el que yo me acerco a las obras de los artistas que me interesan, que generan momentos muy particulares. Pensar que tu trabajo puede suponer algo parecido para otra persona es bonito”. Es inevitable trasladarnos a la pintura, Madoz siempre ha reconocido su admiración por Magritte -la nube, el sombrero…-, De Chirico…

“Algunos de los fotógrafos más ortodoxos piensan que hay que fotografiar sin tocar nada de lo que tienen delante. Pero creo realmente que muchas veces las ideas surgen de lo más insospechado, solo hay que fijarse en las cosas y verlas desde otro punto”, continuaba Madoz. En la exposición, que ocupa dos salas y también alberga una selección de objetos personales del taller del artista, se funden imágenes “del mundo animal, mineral y vegetal para crear un mundo propio”, en palabras de la comisaria de la exposición, Oliva María Rubio, que describía las sorpresas que encontrará el espectador: desde un dedal que se transforma en una maceta o un cubo de hielo que termina convertido en un regalo. Pero también imágenes evocadoras como las notas de música en ramas del árbol e incluso “agresivas” como una rosa con las espinas aumentadas o una planta que atraviesa a otra.

“No es lo mismo trabajar con una hija, una brizna de césped o el agua, que no tienen una funcionalidad, a hacerlo con otros elementos cotidianos”, resaltaba el fotógrafo, quien cuenta con los libros o las esferas de relojes entre sus ‘fetiches’ habituales para la instantánea. Otro de los elementos característicos de la obra de Madoz es el no titular sus obras: “Siento un excesivo respeto por la escritura. Sé que un título puede convertirse en una capa sugerente para la lectura de la obra. Sin embargo, prefiero no titular, no dar pistas y así ampliar la posibilidad de interpretación del espectador porque no quiero orientar su mirada”. Reconoce que cuando lo ha intentado, “tenía la sensación de estar cortando las alas a la fotografía. Al final, no titular enriquece tu trabajo, porque permite hacer lecturas dispares”, señaló.

“Madoz subvierte las normas y se complace en trastocar la realidad, porque la mínima variación nos hace conscientes del mundo en que vivimos. Se aprecia un punto de extrañeza pero también hay familiaridad cuando se descubre su juego”, concluyó la comisaria.

PUBLICIDAD