YA NO CUELA

No pudimos

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Podemos fue siempre el triunfo -y la reducción al absurdo- de una campaña publicitaria que lleva en marcha, en un ‘crescendo’ enloquecido, desde antes de la llegada a España de la democracia. No hay otro grupo, curiosamente, que deba tanto a esa floración del capitalismo que es la publicidad. Nació del ‘videoclip’ del 15-M, se alimentó de ‘slogans’ pegadizos y biensonantes pero no más racionales que el ‘Just Do It’ de Nike. Hicieron incluso imagen de marca de una estética cutre, ‘grunge’, de la coleta del líder y su dentadura dispar y sus camisas de cuadros, de las rastas del canario, del pauperismo voluntario de aquel piso de protección oficial en una barriada obrera donde conectar con la gente (marca registrada) al ir a comprar el pan.

Por eso, para indignación de tantos, Podemos pasaba sin dañarse ni mancharse por escándalos de incompetencia insondable, coqueteos con la violencia, colegueo con terroristas u oscuras financiaciones internacionales.

No afectaba a su parroquia ninguno de esos escándalos, en fin, que hubieran fulminado instantáneamente a cualquiera de los partidos convencionales. En cambio, lo que hubiera dejado más o menos indemnes a líderes de otros grupos de toda la vida suponía la muerte para UP. Fundamentalmente, engordar.

El votante de Podemos que, estamos por asegurar, hubiera visto encantado a Pablo en una barricada de violencia inconstitucional, no podía soportar la visión de esa papada, de ese chalet tan convencionalmente burgués que ni siquiera era un bunker gigantesco o el grandioso palacio del Padre del Pueblo. No, un chalet con su piscina y su tinaja y su caminito de piedras en una urbanización del extrarradio, un sueño moderado y mezquino de clase media.

Podemos subió como una ola gigantesca a poco de nacer, y como esa misma ola va inevitablemente para abajo, porque la campaña publicitaria no ha resistido el choque con la vida en cuanto los compañeros han pisado alfombra. Es difícil vivir en un anuncio.

En Galicia y el País Vasco se han volatilizado. Las mareas gallegas hicieron honor a su nombre y, tras subir, bajaron. También en las Vascongadas vieron la broma y pensaron sus votantes que, para la revolución, mejor los de casa.