No somos una isla

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Veo las primeras de esas reliquias del periodismo que son los diarios convencionales y siento un leve remordimiento de conciencia. Quizá debería ocuparme de eso que sacan todas, tal vez lo que se espera de mí sean sesudos análisis sobre la formación de gobierno, ahora que el Rey les recibe a todos en una de esas ceremonias de la democracia que, no me pregunten por qué razón, se me antojan entrañables restos de una fe perdida.

Pero no, no puedo. Sonaría hueco, falso, fingido, y ustedes no merecen eso. Y no es porque considere del todo trivial qué engendro político vaya a salir de estos bailes. No completamente, no del todo. Sin embargo, sucede que no creo ya en todo esto, no creo en nada de lo que digan, ni en sus gestos, ni en sus declaraciones, porque, como dicen los ingleses sobre la ópera, esto no acaba hasta que cante la señora gorda.

Encuentro mucho más significativo de lo que se nos viene encima el carnaval climático. España no es una isla, menos que nada en lo ideológico. Aquí vamos a la rastra desde hace siglos, copiando modas extranjeras que nos sientan a menudo como a un santo dos pistolas, y se hará lo que manden los señoritos de fuera. De ahí que lo que vemos en la dichosa cumbre, con sus actores, políticos y demás ‘celebrities’ sermoneándonos sobre el apocalipsis inminente, tenga mucha más importancia para nuestro futuro que lo que salga de la Zarzuela y del Parlamento.

Y no, no es que crea tampoco -menos aún- en nada de lo que acuerden y, menos aún, en sus predicciones de modernos arúspices. Pero sí creo, sí estoy seguro, de que el mensaje subyacente, de que lo que quieren para nosotros, está en la urgencia e insistencia de sus mensajes. En esencia: preparaos para la opresión y la miseria, y sonreid, que estáis salvando el planeta.