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El octavo mandamiento

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Por Vicente Baquero.

Todas las culturas o pueblos que en el mundo han sido han dispuesto de una serie de normas básicas y elementales que constituyen el esqueleto esencial sobre el que se fundamenta el ideal de actuación de la persona en particular  así como la convivencia entre ciudadanos. Estas normas pueden tener un fundamento religioso, transmitidas por una divinidad, en nuestra cultura judeo-cristiana tenemos los diez mandamientos, o pueden también tener su fundamento en la tradición, fruto de la experiencia de generaciones,  plasmada en las leyes. 

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En todas ellas, de norte a sur y de este a oeste, tal principio queda expresado en distintos términos  con claridad meridiana, figura en lugar primordial, lo que en nuestra cultura señalamos como el octavo mandamiento: “No darás falso testimonio ni mentirás”. Cuando en una sociedad aquellos que se supone deben dirigirla a buen término, vulneran este principio elemental de una forma tan evidente, y cuando tales actuaciones y declaraciones son  aceptadas como si eso fuera lo normal en el ámbito de la administración pública sin mayores consecuencias es que algo muy grave está ocurriendo. Cuando un político, un partido o cualquiera que se postule a un cargo público hace una declaración de principios, debe de existir un mínimo de coherencia entre los programas que defiende y la ejecución de los mismos, así como entre las declaraciones de intenciones y su posterior puesta en práctica, de apreciarse una total falta de coincidencia entre su palabra antes de una elección y tras la misma, debería existir un mecanismo para removerlo inmediatamente de ese cargo o responsabilidad: no me refiero a desviaciones programática comprensible propias del juego político y las limitaciones que impone en ocasiones la realidad sociopolítica, sino a verdaderas contradicciones absolutas como las que acabamos de descubrir en el Sr. Sánchez candidato a la Presidencia del Gobierno. El engaño es flagrante, para colmo en una sociedad cuyo gobierno se basa, ya casi sin cortapisas legales, en un sistema de votación como es el de sufragio universal: es decir un sistema donde no hay filtros para depurar esa clase de comportamientos, estando a expensas de lo que decida una mayoría manipulable mediante promesas y engaños colectivos.

Es tan evidente que no hay que acudir a sutilezas jurídicas, ni semánticas siquiera, para demostrar el hecho: es lisa y llanamente una ofensa contra el octavo mandamiento, y si no se es cristiano o judío,  contra el mandamiento universal que define a la mentira como uno de las mayores perversiones y males del mundo. Parece que el Sr. Sánchez es discípulo de Vladimir Ulianov, el camarada “Lenin” que afirmaba que había que mentir para obtener los fines apetecidos ya que algo queda…. La falta de escrúpulos, la teoría de que “el fin justifica los medios” o que “para hacer una tortilla hay que romper los huevos” son  palabras o afirmaciones de principios que desgraciadamente suenan familiares. Hacía tiempo que en Europa ese lenguaje estaba ausente en la vida política europea, o española en particular, cuando en una sociedad tales ideas aparecen subliminalmente en el horizonte mediático debemos pensar que las personas herederas de aquellos discursos han vuelto a levantar cabeza y que con fuerza o engaños, manipulación, agitación,  demagogia y torticeros juegos político legales, aprovechando las debilidades de una sociedad satisfecha e inconsciente del peligro que le acecha, pretenden conseguir, primero, la destrucción de la actual sociedad para luego utópicamente, los más sinceros, construir un “mundo socialista-comunista ideal”. No hay un solo gobierno social-comunista en la historia del mundo que haya gozado de la más mínima libertad o bienestar parecido al que ahora se disfruta en España. Lo que nos aguarda, si los españoles no despertamos, es un infierno del que con suerte saldremos dentro de unos años después de sufrir la penitencia impuesta por nuestra falta de sentido común, resulta una tautología repetir aquello de “quien no aprende de la historia está condenado a repetirla”. La mentira no debe jamás convertirse en vehículo para alcanzar el poder, no hay justificación alguna y si el sistema lo permite, lo que es perverso es el sistema, si es una parte de la propia sociedad la que lo permite, es que una parte de la misma está podrida y acabará por pagar en sus propias carnes el precio de su irreflexión, estulticia  o ignorancia, lo inevitable es que hay muchos, probablemente la mayoría real, que padeceremos los errores o inconsciencia de esa ceguera ideológica.

El octavo mandamiento no es un adorno o recomendación, es un imperativo universal, tan antiguo y necesario para la convivencia civilizada como el propio ser humano. Si una persona, una sociedad o una nación,  se muestra indiferente ante el escarnio permanente y evidente de la veracidad, duele reconocer que está desgraciadamente condenada a desaparecer.

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