Para acabar con VOX

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Tengo la fórmula para frenar a Vox. Para reducirlo a la absoluta irrelevancia política. A todos los populismos, en realidad, a todos esos nuevos personajes y nuevos partidos que suben y suben y tienen a nuestras élites que no les llega la camisa al cuerpo.

Debería venderla al mejor postor y hacerme multimillonario, pero hay por ahí mucha gente a la que aprecio y respeto que no puede ver a Vox, que echa espumarajos por la boca en cuanto salen en la tele o leen una noticia sobre ellos, así que voy a ofrecerla aquí, gratis et amore.

Conste en acta que no puedo entender mejor a los que aborrecen a estos recién llegados que vienen a turbar nuestra interminable siesta política de posguerra. ¿Quién no añora esas plácidas décadas del consenso en todo Occidente, cuando se alternaban en el poder una izquierda de mentirijillas, que no pretendía quemar iglesias ni nacionalizar la banca, y una derecha de pega a la que no se le pasaba por la cabeza revertir los ‘logros sociales’? Era un teatrillo agradable, cómodo. El fin de la Historia de Fukuyama.

Y lo bonito de mi fórmula es que esos partidos del consenso no tendrían que hacer cosas raras, ni traicionar sus esencias ni nada de nada. Al revés: la cosa consiste, simplemente, en ser lo que eran y dejar de hacer tonterías.

Ningún partido nacional puede relativizar en absoluto la unidad de España. No se trata de nacionalismo, de banderita en los tirantes; simplemente, España es la jurisdicción que les toca, la premisa territorial. Ningún partido del consenso lo había puesto en duda en todo Occidente: este es el país que se me encomienda gobernar; puedo hacerlo peor o mejor, arruinarlo o hacerlo próspero, pero cuando acabe tiene que seguir siendo el mismo.

Uno puede ser muy partidario de la inmigración, ardiente partidario, pero no puede serlo de la inmigración ilegal. Lo dice la palabra, ¿no? Si los propios tipos que hacen las leyes empiezan a decir que saltárselas no tiene consecuencias, apaga y vámonos. Es como tener un elaborado y engorroso proceso para entrar por la puerta en un club y al mismo tiempo admitir a cualquiera que entre por la ventana. No tiene ningún sentido, y fomenta, lógicamente, el desprecio por la ley.

La familia es muy anterior al Estado, es más importante que el Estado y, de hecho, el Estado es hijo de la familia, y no al revés. No hace falta que la ‘protejas’; basta que no legisles su destrucción. Enfrentar hombres y mujeres es mucho más estúpido aún que, no sé, socializar la economía. Es la división del átomo. Una sociedad puede sobrevivir al enfrentamiento de grupos, a la guerra, a la ruina: no puede sobrevivir a un conflicto serio entre hombres y mujeres. Ya, ya sé que no van a conseguir eso, porque la naturaleza es, afortunadamente, más fuerte. Pero no lo intenten, porque las consecuencias son desoladoras.

Resumiendo, si los partidos del consenso vuelven a ser lo que eran, si dejan de hacer disparates demasiado obvios y apuntarse al suicidio civilizacional, dejarían a los partidos populistas sin espacio, que es como dejarles sin oxígeno.

Bonus, de regalo: lo que en ningún caso deben hacer si quieren acabar con Vox y los otros. No hagan cordones sanitarios. No monten numeritos inquisitoriales que, a la larga, les dan un protagonismo evidente y dan la impresión de intolerancia y pánico.