Pizza o destrucción nuclear

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En mi lejana adolescencia había un programa televisivo de origen británico, Spitting Images, que parodiaba con guiñoles la actualidad política y, siendo el inflexible dogma de entonces que Ronald Reagan era un débil mental, le convertían en blanco frecuente de sus episodios. Recuerdo, en concreto, uno en el que el presidente se levantaba de noche con ganas de tomarse una pizza y se acercaba a una consola con dos botones rojos, uno marcado con PIZZA, y otro con DESTRUCCIÓN NUCLEAR MUNDIAL y, naturalmente, después de dudar, se equivocaba de botón.

El lejano episodio me vino ayer a la cabeza con el sainete federalista de Sánchez, que a una hora no lo es y a la siguiente lo es, como si se tratase de dudar entre la merluza a la romana y la pechuga de pollo a la plancha en el menú del bar.

Hay gente tan deportiva en prensa que aún sigue advirtiendo que Sánchez miente, que es como entretenerse en comentar que respira. No solo porque lo hace constantemente, sino porque mentir se ha hecho poco menos que obligatorio en campaña, y el rubalcabiano “España no se merece un gobierno que le mienta” es, para empezar, una mentira más.

España merece gobiernos que le mientan porque lo pide a gritos y porque castiga inmisericorde al que no le dice cosas bonitas. Pero aquí lo grave no es la mentira, sino esa frivolidad terminal de un tipejo, de un botarate que, si la vida fuera justa, no hubiera pasado de jefe de la planta de caballeros de unos grandes almacenes, dispuesto a alterar el ser mismo del Estado, la naturaleza territorial de uno de los países más viejos del mundo, por un puñadito de votos inseguros, o a renunciar a ello por la misma razón, todo en un día.

El Cielo nos ha castigado con el ridículo, que es quizá el castigo adecuado a esta generación: no lluvia de fuego ni un diluvio, sino la tortura de ser representados y gobernados por un hatajo de pícaros adolescentes.