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TRIBUNA

¿Por qué la mentira es veneno en una democracia? Por Vicente Baquero

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No es una falta ni una carencia sino una necesidad biológica y social el hecho de que la inmensa mayoría de los seres humanos son crédulos y bien pensantes, a pesar de lo que podría concluir un extraterrestre que  analizara  la generalidad de las  actuales series televisivas y películas que se comercializan para  consumo de la humanidad. Es imprescindible que esa condición bonancible prevalezca entre los miembros de una colectividad para  poder convivir y salir adelante como especie, somos individuos que formamos   parte de un grupo para poder progresar individual y colectivamente. No tendríamos tiempo para avanzar si continuamente fuéramos desconfiando de todo y todos a nuestro alrededor….

    Para que una cooperación sea positiva es necesaria la confianza mutua y esta debe basarse en la presunción de veracidad de nuestros semejantes. En otra época al acceder al servicio militar al inscribir a un nuevo recluta, bajo el epígrafe “valor”, se escribía a continuación: “se le supone”. Tal condición natural, universal, no excluye ni mucho menos  que existan individuos, que por infinitos motivos, se unan precisamente para aprovecharse de esa ingenuidad  o debilidad congénita de la mayoría de los humanos. No es difícil manipular los deseos y aspiraciones de la gente, tocando ciertas teclas elementales sobre aspiraciones y deseos de la mayoría, retorciendo la realidad, generando sentimientos de culpabilidad en unos y resentimiento en otros,  incentivar el victimismo, subrayando las evidentes diferencias que existen entre las personas.

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     La utilización de la mentira como arma o recurso  para conseguir aquello que se desea es siempre condenable y en muchos casos hasta despreciable. Pues supone un claro abuso de esa condición elemental necesaria para la convivencia. Por otra parte, la mentira es una herramienta tentadora, pues concede ventaja al tramposo y resistirse al beneficio que reporta  en muchos casos, cuando se forma parte de aquellos que se aprovechan de su práctica, parece que atenúa las conciencias, siendo la disculpa más cínica aquella que se basa en alegar que se persigue un bien mayor o que el fin justifica los medios…   No nos referimos por supuesto a las llamadas “mentiras piadosas”, que sirven para dulcificar ciertas eventualidades inevitables de la existencia, sino a las conscientes e intencionadas para satisfacer las apetencias de aquellos que las ponen en circulación. Todo quebrantamiento de la verdad, toda falsedad, toda ocultación o encubrimiento de la realidad, tarde o temprano, se paga, la filosofía hindú maneja un concepto para definir esta evidencia: “karma”: toda acción tiene una consecuencia, los griegos dirían que no hay efecto sin causa,  en fin que es algo que desde Oriente a Occidente y de Norte a Sur, expresado de infinitas maneras, es un convencimiento generalizado: Si se miente alguien lo pagará…. Si quien falta a la verdad o tergiversa la realidad es un político, podrá ser él mismo quien abone la factura, pero  lo más probable es que arrastre tras  su ficción  a toda una sociedad.

     Si utilizar la mentira como arma política es condenable en cualquier régimen,   en una “democracia” es veneno letal, pues estamos hablando de un sistema que se basa en una hipotética voluntad mayoritaria: aquellos que escogen mediante sus votos a un grupo político, sobre otro  lo hacen en base a unas afirmaciones hechas por sus dirigentes o  bien  en función de unas simpatías o una tradición,  pero en todo caso basándose en unos teóricos idearios que se supone que cada partido debe respetar y cuya aplicación coincide con su forma de pensar:  piensan que esos postulados le resultaran beneficiosos.  Paradójicamente  en muchas ocasiones esas simpatías están basadas más en recuerdos ideales que en realidades constatables, pero aún así, funcionan,  resulta casi imposible rebatir  sentimientos.

   Desgraciadamente ambos partidos mayoritarios hasta ahora en España, han dado muestras claras de salirse del guión de sus respectivos discursos oficiales, el PP cuando obtuvo, tras el desastre de PSOE de Zapatero, una mayoría absoluta, decepcionó a sus votantes al no llevar a cabo las reformas necesarias que habían anunciado a bombo y platillo antes de las elecciones: ni en economía, que hubiera sido más disculpable en aquel primer momento, dada la crisis heredada, pero tampoco en temas puramente políticos y de orden:  también se abstuvo y continuo con la “hoja de ruta” del PSOE de Rodríguez Zapatero. Tal comportamiento produjo la escisión de la derecha que ahora padecemos.   

    En cuanto al PSOE la actual deriva radical que se aparta del modelo socialdemócrata europeo, impulsada en parte  por la aparición de minúsculos  partidos, en su mayoría anti sistema, que agrupados en torno a unas siglas revolucionarias,   constituyen entre todos, junto a los separatistas el apoyo del nuevo PSOE.  Si a eso unimos la egolatría de un candidato y el servilismo de una camarilla, nos introduce en este espectáculo bochornoso al que hemos asistido en las últimas elecciones en España, sobre todo  su resultado final: la falta de coherencia o correspondencia entre el discurso preelectoral del candidato a Presidente del Gobierno y la posterior elección de socios de gobierno: es una estafa política monumental. Si el sistema puede ser manipulado hasta este punto, estamos hablando de unas contradicciones de calado sucesivas sin consecuencias, y como no existe un mecanismo para invalidar al gobierno resultante de tal maniobra todo el aparato político se derrumba. ¿De qué sirve el estar al albur de unos votantes si encima no se respeta, ni el criterio de estos ni las líneas ideológicas maestras del sistema? 

   Si los españoles no son conscientes de la gravedad que supone que unos  candidatos mientan  y unos partidos les acompañen en un sistema político libre y abierto, España no es una dictadura en que hay que intentar superar censuras y prohibiciones para sobrevivir políticamente: nadie está obligado a decir o dejar de decir, afirmar o dejar de afirmar una estrategia o un programa, quien voluntariamente asume esa postura falaz ante una convocatoria electoral, debería  respetar las líneas generales de su propia presentación, y más grave aún: si a pesar de la violación flagrante del discurso electoral no ocurre nada, es una muestra de falta de seriedad, que en nada beneficia la imagen de los ciudadanos españoles. Independientemente de las consecuencias políticas nacionales e internacionales  que se deriven de los actos de este gobierno, lo que queda seriamente dañado es el prestigio que se había conseguido  a lo largo de tantos años de cara al mundo, España fue modelo de transición política.

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   Si a partir de ahora el votante llega a la conclusión de que, al margen de su opinión expresada en las urnas, los políticos una vez en el poder hacen lo que les viene en gana, y no necesariamente en su beneficio, sino cada vez más pendientes de sus intereses personales o de partido, podemos deducir lógicamente que el sistema esta averiado ya que no refleja ni la opinión mayoritaria y ni siquiera el interés nacional, que en ocasiones pueden incluso no coincidir.