La rebelión de los poderosos

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De un tiempo a esta parte el pensamiento único ha ido advirtiendo que no todos duermen ni está todo el pescado vendido, y ve amenazado el avance de su totalitarismo sonriente con la lenta rebelión de los pueblos en urnas, así que ha decidido subir de golpe todas sus apuestas.

Los signos están por todas partes, es difícil seguirles el ritmo.

Una joven líder de Arran, los duros de la CUP, dice en televisión que eso de los derechos individuales y las libertades es un filfa, que lo importante es tener razón y ellos la tienen, y que el poder se consigue en las calles.

Al tipo que mató a otro con ensañamiento por llevar tirantes con la bandera de España, después de haber dejado paraplégico a un policía, le caen cuatro años. No voy a hacer comparaciones obvias, háganlas ustedes para comprobar lo importante que es contra quién delinques.

Las publicaciones supuestamente periodísticas ya han perdido toda pretensión de estar para informar sencillamente de lo que suceden, y todas son una agenda política en busca de una noticia que cuadre o se la pueda hacer cuadrar.

La ministra socialista de Educación, Isabel Celaá, dijo la semana pasada, ni más ni menos que un congreso de escuelas católicas, que eso de que los padres elijan colegio para sus hijos, que de qué. Muchos han salido en defensa de la ministra, comparando la educación con la sanidad y diciendo que quien no le guste lo que enseña el Estado, que se lo pague por su cuenta.

Pero la Sanidad no es obligatoria. No se obliga a la gente por ley a consultar a un médico cada semana o cada mes. Ni hay muchas maneras alternativas de curar enfermedades, mientras que sí hay muchas visiones del mundo que se pueden transmitir en el colegio.

La sanidad es un servicio que no necesitamos cuando estamos sanos, y que siempre agradecemos cuando lo estamos. La educación es la mayor parte de la vigilia diaria del niño y, lejos de ser siempre un servicio, desde el punto de vista de los padres puede llegar a ser una tragedia, como mandar a los seres que más quieres en este mundo a que les digan que todo lo que tú les enseñas es una estupidez. Tienes que pagarlo, sí o sí, con tus impuestos, y en muchos casos pagarías para evitar que adoctrinen a tus hijos con la propaganda que imparten.