La tobillera

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Hace ya tiempo que apenas se nos mueve un músculo al saber que el habitual ‘lobo solitario’ que se lanza a atacar viandantes ocasionales al grito de “¡Alá es grande!” -como podría gritar “¡Hala Madrid!”- estaba fichado por la policía, pero ninguna insensatez es estática en nuestros días, y del último sabemos que no solo había sido condenado por terrorismo, sino que llevaba una tobillera electrónica de vigilancia y ese mismo día tenía que aparecer en una conferencia sobre supervisión electrónica, suponemos que como ejemplo de éxito.

Pero yo me quiero fijar solo en esa tobillera. Es uno de esos prodigios tecnológicos que nos ofrecen una vida mejor, ventajas maravillosas. Imaginen, con ella es posible rastrear a todos los delincuentes en libertad condicional. ¿No les hace sentir más seguros? Y ahora nos queda el magro consuelo de poder rastrear con precisión dónde estuvo y qué hizo en las horas previas a ‘razzia’ criminal, lo que no servirá de mucho a sus víctimas.

El asesino no fue detenido en primera instancia por la policía, sino por transeuntes, especialmente uno que le atacó con un cuerno de narval. No me pregunten qué hace un tipo paseando por Londres con un cuerno de narval; quizá sea algún tipo de moda. El caso es que dibuja una magnífica paradoja ese contraste entre la altísima tecnología de la tobillera y su absoluta inutilidad con el simple cuchillo del asesino y el cuerno de narval del héroe y su respectiva eficacia.

En España vivimos una continua crisis inducida sobre violencia de género. Es inducida e incluso impuesta machaconamente por repetición porque, si bien cada caso es una terrible desgracia, estamos muy lejos de sufrir cifras semejantes a las de casi todo el resto de países del mundo, y tampoco puede decirse que los medios legislativos que se han pergeñado supuestamente para acabar con ella hayan conseguido otra cosa que destruir las garantías jurídicas y a que Alfonso Guerra acuse a los jueces del Constitucional de prevaricar. Y llama la atención que, en no pocos de los casos con resultado muerte, el atacante tuviera orden de alejamiento, que viene a ser una tobillera nocional.

Ningún aparatito, ninguna ley puede conseguir su objetivo si no existe verdadera voluntad, si no se está dispuesto a ir hasta el final, si basamos las leyes en presupuestos ideológicos no solo completamente fantasiosos, sino insultantes para media España.

La candidata socialista a nueva presidenta del Senado, la podemita Pilar Llop, dice que en España “no hay democracia” porque los hombres “ejercen la violencia” sobre las mujeres. Así, como suena: “los hombres”, no un número estadísticamente insignificante de hombres. Quien dice algo así, no es que no esté cualificado para presidir el Senado; es que apenas lo está para salir a la calle sin supervisión. Y si de verdad cree que en un país como la España de hoy, en la vanguardia mundial de la seguridad de las mujeres, no es una democracia por eso, entonces podemos olvidarnos del sistema, porque ninguna lo es ni lo ha sido jamás.