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Tsujigiri

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Hay una palabra japonesa, tsujigiri, cuya traducción viene a ser “probar el filo de la espada en un viandante ocasional”. Surgió, al parecer, en una época en la que los samurai no podían ser encausados por delitos contra miembros de la plebe.

Este es el verdadero poder, esto es a lo que acaba llevando el poder, a la existencia, formal o material, de dos códigos de conducta; uno, enormemente permisivo, para los que ocupan el grupo de poder; y otro para el resto. Eso, y no votos, es lo que hay que mirar para descubrir quién manda, quién ocupa, de hecho, el poder: la respuesta -social o jurídica- que reciben unos y otros por una conducta básicamente igual.

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Torra aparece desafiante ante el tribunal que le acusa de desobediencia, y empieza por decir que sí, que los cargos son reales y los admite tranquilamente. Miento: antes que eso declaró probable que respondiera a las preguntas del tribunal con el sonido de los gases de sus intestinos, acumulados tras la ingesta de botifarra amb mongetes, con esa tendencia a la escatología que explica el caganer y el cagatió.

Torra no es el Cid: sencillamente, sabe que puede. La enorme indignación de los políticos catalanes condenados por sedición y sus adláteres procede de una sorpresa genuina: la de que la ley española, que durante tanto tiempo se ha hecho la tonta ante sus desmanes, de repente se aplique. En eso simpatizo con su protesta: nada en la pedagogía legal de los gobiernos democráticos les permitía esperar algo así.

Rodrigo Lanza, que previamente había dejado paraplégico a un policía, atacó por la espalda y remató a patadas a un hombre que llevaba, qué osadía, tirantes con la bandera de España en presencia del joven antisistema. Ha sido castigado por un tribunal con cuatro años de cárcel. Busquen y comparen, y comprobarán lo barato que es matar según a quién. Otrosí, hay manadas que son condenadas a penas similares al homicidio, y otras con las que se estira la comprensión más allá de los imaginable.

He citado solo lo extremo, la acción penal, pero en la social y política es tal la costumbre de usar dos medidas descaradamente distintas que lo tenemos asumido, que pasa por normal, que sabemos que hay declaraciones que se aceptan con un encogimiento de hombros en unos y claman justicia popular si las dicen otros.

Todo esto no está en las leyes, ni en los programas ni en nada, en fin, sobre lo que pueda ponerse el dedo y denunciarlo. No es formal, es material, y tan real que cualquiera puede comprobarlo en cualquier momento. Y la tendencia, lejos de mitigarse, va a mas. Hasta el tsujigiri.

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