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La vil costumbre ‘roja’ de profanar tumbas

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Son muy conocidas las fotografías del convento de las Salesas del paseo de San Juan en Barcelona, cuando los sicarios del Frente Popular profanaron las tumbas de las religiosas allí enterradas y expusieron al público sus ataúdes abiertos para que la chusma hiciera mofa y escarnio de sus cadáveres mancillados. 

Nuestra guerra civil fue muy proclive a estas demostraciones de brutalidad y retraso cultural por parte de los integrantes del Frente Popular, que en repetidas ocasiones se dedicaron a profanar el eterno descanso de los religiosos para dar rienda suelta a su saña contra el catolicismo. La falta de respeto y decoro por los cadáveres de los adversarios fue algo habitual en el bando “rojo” durante la II República y la guerra civil. Recordemos el asesinato del falangista Juan Cuéllar, linchado hasta la muerte el 10 de junio de 1934 por negarse a cantar la Internacional. Recibió varias cuchilladas en la boca y su cabeza fue machacada con piedras hasta que la masa encefálica quedó esparcida en el suelo. No contentos, Juanita Rico, una de las integrantes del grupo de salvajes marxistas, se puso en cuclillas para orinar sobre el cuerpo sin vida del muchacho, tal y como contó un acompañante del fallecido. Al comienzo de la guerra civil, el general López Ochoa, encargado de la represión de la revolución en Asturias, fue sacado en pijama por los milicianos del Hospital militar de Madrid, hoy denominado de la defensa, por todos conocido por Gómez Ulla, y fusilado. Acto seguido cortaron la cabeza al cadáver y la pasearon ensartada en una bayoneta por las calles de Madrid. En la checa de San Elías de Barcelona, los milicianos tenían la costumbre de hacer desaparecer los cadáveres de sus torturados echándolos de comer a los cerdos. Documentado queda el caso de Apolonia Lizárraga, madre superiora de las Hermanas Carmelitas de la Caridad, que fue colgada desnuda de un gancho para luego ser aserrada viva y tirar sus restos a los cerdos. 

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Más allá de la barbarie de los secuaces del Frente Popular, los gobiernos comunistas han practicado sistemáticamente la política de la damnatio memoriae contra sus enemigos políticos, sin reparar en utilizar sus sepulturas al efecto. Los cadáveres de la familia del zar Nicolas permanecieron casi un siglo ocultos en fosas en un bosque tras haber sido asesinados en Ekaterimburgo,​ para evitar cualquier tentación de culto. Más recientemente, el 16 de enero de 1969, el estudiante de historia Jan Palach, de 20 años, se inmoló quemándose a lo bonzo en la Plaza de San Wenceslao de Budapest en protesta por la ocupación soviética de Hungría. La tumba de Palach se convirtió en un punto de encuentro para los jóvenes y disidentes, por lo que la policía secreta comunista decidió exhumar sus restos y trasladarlos a la ciudad natal de Palach, para intentar borrar su memoria. Durante la Revolución Cultural maoísta, los jóvenes guardias rojos profanaron las tumbas de la familia de Confucio con la intención de borrar todo vestigio del filósofo en la historia China. 

Eso mismo, borrar su memoria, es lo que se pretende con la exhumación de los restos mortales de Franco. Tras 44 años de machacona propaganda antifranquista, de una Ley de Memoria Historica que decreta lo que debemos pensar sobre la guerra civil y Franco, el pueblo español aún sigue resistiéndose a tragar con la versión de los hechos de uno sólo de los bandos, que 80 años después sigue alimentando el resentimiento y pretende ganar una guerra civil que nunca debió suceder, tomando cumplida venganza sobre un cadáver. 

La historia no es exhumable, se podrá, al estilo estalinista, borrar de las enciclopedias las fotos y las entradas que no interesen a quien detenta el poder político, se podrán borrar nombres de calles, se podrán profanar tumbas y ocultar cadáveres, se podrá dedicar ingentes cantidades de dinero a películas y documentales de propaganda, se podrá multar o encarcelar al disidente, pero tarde o temprano la verdad acabará por asomar. 

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