YA NO CUELA

Virgencita, que me quede como estoy

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La democracia, que es el paraíso de la hipérbole, se basa en el conocido refrán de que el que no llora, no mama. En este bajo mundo nada hay perfecto, todo el mundo quiere más, y no hay régimen tan excelso ni líder tan sabio que pueda satisfacer en todo a todos.

Pero los problemas que pueden solucionarse desde arriba, los que exigen de verdad la acción del gobierno, rara vez si alguna afectan a la mayoría, que es la que se supone que elige cómo se nos gobierna. Piensen en los problemas más agudos del país, incluso aquellos en los que estamos excepcionalmente mal, como el paro: nunca afectan directamente sino a una minoría en un momento dado.

En general, incluso bajo nuestros gobernantes más desastrosos, la abrumadora mayoría vive razonablemente bien -muy bien, si nos comparamos con la mayor parte de nuestra historia-, somos razonablemente libres en lo político, y estamos razonablemente seguros bajo la ley.

Pero ningún político en su sano juicio lo plantearía así. Todos, en campaña, deben suponer terribles amenazas de la que salvarnos o presentar paraísos irreales a los que llevarnos, aunque unas y otro sean estrictamente ficticios o groseramente exagerados.

“Nos están matando”, la “brecha salarial”, discriminaciones inexistentes o minúsculas, el vago apocalipsis climático, los ‘micromachismos’, el espantosos drama de los ciudadanos no binarios, las turbas de niños revolviendo en la basura y muriendo de inanición que se esfumaron cuando Carmena ganó las elecciones, la ‘ocupación’ española fascista en Cataluña… Todo es material de campaña, munición de charlatanes para un sociedad que lleva generaciones sin conocer lo que sus predecesoras conocieron en abundancia: una guerra, una hambruna, un Estado de excepción. Los políticos fomentan una sociedad anormal para tener problemas sobre los que se declaren salvadores.

Hoy, en cambio, tenemos una peste. No es exactamente la bubónica, pero su efecto social, el tenernos a todos encerrados en casa sin poder tomarnos una cervecita, quedar con los amigos, darnos un paseo sin explicaciones a la policía, hace que por primera vez en mucho tiempo todos, ni siquiera la mayoría, vivamos una situación excepcional.

Y ahora lo que la abrumadora mayoría anhela no es, también por primera vez en mucho tiempo, ampliaciones de derechos o un mejor servicio aquí o una mejora allá, sino volver a la normalidad. Virgencita, que me quede como estoy. Hoy a lo que se aspiramos es a lo normal, a lo que hemos tenido cada día sin siquiera darnos cuenta, empezando por la ansiada libertad ambulatoria y el no tener que hablar a dos metros con el vecino.

También es mi deseo volver a la normalidad, pero ya que tenemos esta ocasión y hemos vivido esta experiencia tan educativa, que sea una normalidad normal, me vale la redundancia. Volver a defender cosas normales, como la familia, que amar lo propio no sea un pecado social, una política migratoria razonable y sensata, esas cosas.

Que la normalidad a la que regresemos cuando acabe esta pandemia sea, en fin, realmente normal.