Yolanda

|

La propaganda que consigue que la gente crea que un crimen de los nuestros no es para tanto, que es comprensible e incluso justificable, y un error de los otros es un crimen imperdonable; la que insinúa dudas sobre lo evidente y lo difumina, y simplifica en blanco y negro lo que está lleno de matices; la que agranda lo pequeño y empequeñece lo grande, esa propaganda es de principiantes.

Es una fase, necesaria pero en absoluto suficiente, la primera etapa de una larga marcha cuya meta es hacer de las masas cómplices de la mentira más risible por exagerada, de una inversión total, aparentemente imposible de aceptar.

Hay que amartillar lo pintado en la conciencia pública hasta que sustituya en todo lo real, y para conseguirlo no basta ya con hacer creer mentirijillas o pasarle un filtro suavizante a las arrugas de la noticia: solo cuando la gente confiesa en alto que la nieve es negra puede estar seguro el poder. Da igual que se crea realmente, porque quien declara en voz alta cierto lo que sabe falso, una y otra vez, se ha envilecido hasta el extremo, se ha hecho cooperador necesario del crimen, y un cómplice es siempre más fiable como sicario que un mero correligionario.

No basta, digamos, defender que un tipo que a principios de la pandemia dijo que en España no se darían más de uno o dos casos es disculpable, explicar que quien ha ido cambiando casi a diario las recomendaciones quizá no sea tan criminalmente incompetente como parece: es necesario convertirle en un sabio y un salvador, hasta que la gente se tatúe su cara y algún pueblo le dé su nombre a una plaza.

Como no basta con mostrarse indulgente con una ministra de trabajo que preside una destrucción de empleo sin precedentes y suavizar sus declaraciones huecas, inanes, descerebradas: hay que considerarla la mejor que ha tenido España.