Coronavirus: ¿Casualidad, causalidad, conspiración, castigo, consumación o cambio? (III)

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Por José Félix Merladet

 

¿CASTIGO DIVINO O CÓLERA PROFÉTICA?

Supone ir un capítulo más allá y creer que los acontecimientos humanos, también los luctuosos, pueden tener una causa ni natural, ni humana, sino producida por un Agente ajeno al hombre y a la naturaleza. Incluye a aquellos escasos pensadores, casi todos teólogos, algo outsiders, que creen que esto es un aviso muy serio e incluso un castigo de un Dios sobrenatural que juzga y corrige.

Hoy día en este mundo laico los profetas están muy desacreditados, pero quizá nos convendría ahora tener algún “nabí “, un nuevo Jeremías, Ezequiel o Juan al que se le escuchara gritar en el desierto para criticar nuestro mal comportamiento, instarnos a enmendar nuestros caminos torcidos, recalcarnos duramente por qué estamos donde estamos, prevenimos para no acabar dónde podemos y guiarnos dónde sí debemos. Debemos evitar la histeria o la paranoia, pero, quizás a base de menospreciar a los poquísimos que advertían de que viene el lobo, o al carecer de ellos, éste ha terminado por llegar. Hace décadas que hay una especie de regodeo en un falso pesimismo de bon bourgeois ricos y malcriados o de pensadores Gauche divine bien pagados para posar como Casandras que no se creen ni a sí mismos y cuando llega la catástrofe real se sorprenden atónitos y se llaman a andanas… Y ahora ha tocado sufrir de verdad: aparte del millón de muertos en el mundo, los innumerables sufrimientos físicos de los enfermos y el confinamiento de los sanos, parecería que Dios ha destronado al Hombre como rey de la Creación y ha “coronado” en su lugar a un simple virus que le está sumiendo, derrota tras derrota, en el caos.

Y quizás estemos ante el ensayo de dominación y sometimiento no violentos de unos hombres sobre otros más importante y más extendido de la historia de la Humanidad.

Asistiríamos, parece, a una imposición política ideológica y legal de una sociedad abiertamente anticristiana, antibíblica y en el fondo antihumana, donde los valores que se están haciendo imperar son los contrarios a los de hace tan solo una generación, donde la verdad y la mentira serían las opuestas a lo que eran y los nuevos caminos de salvación del NOM impuestos desde gobiernos y medios irían sustituyendo al “dogmático” cristianismo y donde, sobre todo, se quiere imponer una nueva cultura que algunos llaman la “cultura de la muerte”. En 2019 se produjeron más de 70 millones de abortos en el mundo y 100.000 abortos en España, un 20% de los nasciturus. Estas almas nonatas claman “al” cielo. Posiblemente claman “en el” Cielo (1) ya que ya no se cree que haya limbo (2). Y son muchas, centenas de millones desde que se legalizó este otro tipo de “pandemia”.

Y las consecuencias materiales y practicas a nivel demográfico son también calamitosas: mientras la pirámide de población va invirtiéndose, los nacidos de madre española habrían llegado a un nivel numérico tan bajo que no se conocía desde el siglo XVII. Sería una señal inequívoca de la descomposición y decadencia de una sociedad. Y ahora, tras acabar con muchas vidas emergentes se pretendería acabar con vidas menguantes. El corolario manifiesto indicaría una valoración muy pequeña de la mayor parte de las vidas humanas consideradas cada vez más extensamente como cargas gravosas…

En estos tiempos revueltos da la triste impresión de que nadie nos está hablando del mensaje que quizás nos está enviando Dios –cada uno le denomine como sepa o quiera-. Y mucho menos nadie osa sugerir que esto que nos está acaeciendo es una plaga terrible como las que cuenta la Biblia que sacudieron como sucesivos avisos al Egipto de Moisés. No es políticamente correcto. Se nos ha esterilizado y adocenado con el “buenismo” superlativo que nada tiene que ver con la verdadera “bondad”. A su blandenguería yo suelo añadir la de un “cieguismo” irresponsable, pero en el fondo voluntario.

No obstante, según unos pocos, Dios nos estaría mandando mensajes clarísimos con esta Gran Pandemia. Ahora solo nos hace falta escucharlos en este gran retiro forzoso, que comenzó la pasada “Cuaresma” (ya que mucha gente parece olvidar en que época se desató en la vieja y otrora cristiana Europa la pandemia), voz de la misma raíz que “Cuarentena”, lo mismo que los “Cuarenta” días del Diluvio Universal que también estuvo a punto de acabar con el mundo…Fue una Cuaresma repleta como nunca de ayunos y abstinencias, de sacrificios y penitencias, cada uno en el recogimiento forzoso de sus pequeñas arcas domésticas.

Dios es solo Amor y nunca castiga nada –se nos insiste desde los mismos pulpitos incluyendo los televisivos-, está demasiado ocupado para entretenerse por tus pequeños pecadillos. O es un viejillo canoso y sonriente en pantuflas y algo calzonazos que siempre está a nuestro servicio cuando nos ponemos plañideros y nos deja rectificar sin límites. O se trata de un “Dios-en-nosotros” gnóstico-New Age para perfeccionarnos a nuestro arbitrio. Dios siempre perdona – nos han reiterado- aunque a veces parezca ir dormido en la barca como Jesús en la tempestad del Mar de Galilea, pero, en cuanto Le clamemos, se despertará y mandará callar a la tempestad. De hecho, tras la tempestad siempre viene la calma nos decía el Domingo de Ramos por TV el Cardenal Omella y Dios nos acoge en sus brazos tras la muerte. Pero ¿y si al salir de ese túnel Él no está allí? ¿No será eso algo mucho peor que el sufrir las plagas de Egipto?

A muchos parece, incluso en las terribles circunstancias universales actuales, que el sufrimiento y la muerte ya no existen pues no salen en las TV, salvo en las ficciones tipo videojuego de las películas violentas repletas de muertos instantáneos, cubiertos de hemoglobina y sin agonías. En los reportajes sobre la Gran Pandemia solo salían los curados o alegres confinados que parecían estar de vacaciones aplaudiendo y viendo Netflix, nunca los muertos o sus sufrimientos o el de sus familiares en duelo. Como a niños pequeños se nos habría escondido el dolor y el mal para que no nos agobiáramos…en el fondo quizás para que no supiéramos, ni nos preparáramos para reaccionar contra lo que nos viene luego.

Dios no puede castigar ni hacer el mal, solo dejar que suceda por azar o torpeza nuestra, como mucho para sacar de él un bien mayor –dicen los nuevos teólogos- No podría castigar a una generación tan laboriosa que luchó tanto. Aunque, responden sus contrarios, también habría sido la generación que aprobó y generalizó el aborto y tantas cosas más. O, añaden los teólogos más liberadores, el mal proviene de los opresores capitalistas y de sus manipulaciones, nunca del pueblo, éste solo puede obrar errado por ignorancia o enfermedad y eso se corrige siempre rousseaunianamente o con buenos psiquiatras. Pero, éstos últimos nos dicen que con el encierro han proliferado exponencialmente no solo los síntomas somáticos sino también las dolencias del alma: Angustias, especialmente en los niños pequeños, la enuresis, estado de shock postraumático, violencia doméstica y violencia contra los niños, hipocondría, trastornos obsesivo-compulsivos, especialmente en los niños y jóvenes, aumento de los casos de descompensación psicótica, depresiones, suicidios, etc. Además del suplicio del confinamiento, la imposición de mascarillas y de «gestos barrera», también tienen importantes consecuencias psicológicas y nos cortan radicalmente el enlace con el otro. para reunirnos, compartir, jugar, intercambiar, amar, construir y, en última instancia si fuese necesario, resistir. Como el hombre es un ser social, la máscara ataca nuestra humanidad, nos aísla y nos conduce a la locura. Sobre todo, ataca nuestra propia identidad: lo que tanto criticábamos por su imposición a las mujeres musulmanas, nos ha acabado siendo impuesto a todos.

Si aceptáramos que metafísicamente no hay ya Mal, ni Maligno, es imposible que haya castigo, únicamente prevención y corrección. Solo mentar la punición divina en vida es anatema y, después de la vida, pensar que pueda haber purgatorio e infierno sería un infantilismo. Son dogmas en vías de extinción, ya casi tabúes catequéticos.

Pero se nos olvidan otras interpretaciones del castigo. A veces podría suponer una forma de amor, como cuando corregimos a nuestros hijos por su propio bien, o cuando les curamos con una medicina amarga pero efectiva. También lo sería a veces la corrección fraterna con nuestros deudos circundantes. Dios solo puede hacer el bien: ergo castigar podría serlo, sobre todo si fuese para salvar de “la muerte eterna”. Lo que unos pueden interpretar como castigo, otros pueden acabar viéndolo como bendición. Por otro lado, hacer Actos de Justicia es un gran bien. ¿Y si resulta que Dios Se ocupa retributivamente aquí y ahora de todos y cada uno de nosotros, de nuestras familias y sociedades, y máxime de todo un planeta? ¿Y si a veces se enfada y muestra su Justicia y aun su Ira cuando rebosa el vaso de iniquidad? O, por no ponerlo tan antropomórfico, ¿y si deja actuar a la naturaleza con toda su furia incontenida para así restablecer el perdido equilibrio? (3).

La mayoría de los cristianos, al menos los de viejo cuño, y de los judíos, musulmanes, hindúes… creen en la Providencia divina y en el correlativo valor de la Oración intercesora. Para esos cristianos, que Dios corrige a los pecadores en esta vida con sufrimientos es uno de los datos más claros de la Escritura, de toda la Revelación y de su propia experiencia vital, junto con el hecho misterioso de que por causa de los malvados a veces también sufren los justos e inocentes. Pero ya no tenemos a un Jeremías, un Isaías o un Jonás para decírnoslo y, si lo hay, su mensaje esta soterrado.

La Providencia podría ser de dos tipos: para concedernos graciosamente una petición o un premio por alguna buena obra, o “punitiva” y ejemplarizante. En la Biblia tenemos casos muy notorios de esa última “Providencia”. No sólo en el violento y terrible Antiguo Testamento, donde por ejemplo Gomorra y Sodoma habrían sido borradas del mapa por su impiedad, o en Nínive donde tras escuchar a Jonás y convertirse los ninivitas, ocurrió exactamente lo contrario, o la triple opción de castigo divino que le dio Agar a David por sus pecados (y éste escogió la peste), sino que también en el Nuevo. El propio Jesús echó à latigazos a los mercaderes del templo, narró parábolas con final infeliz como la de Lázaro y Epulón o las que terminaban en la Gehena, amenazó con que el que a hierro mata a hierro muere, profetizó la destrucción total del Templo de Jerusalén una generación después y describió el propio Fin de los Tiempos con su Initium Dolorum. También S. Pablo nos habla repetidamente de la Ira de Dios y del castigo de las transgresiones a su Palabra (4). O Hechos, 4 y 5 refiere el castigo de Ananías y Zafira. Y este apartamiento de Su Faz, que vivirían las personas en su vida, lo podrían experimentar también las sociedades en la suya…

Ante este panorama varios Jefes de Estado americanos, sin pudores ni ambages y reconociendo que sus países son laicos, no se han arredrado ante el qué dirán, declarando una jornada o cadenas de oración para pedir a Dios el fin de la pandemia. Cabe citar a los de EE. UU, Guatemala, declarando un día de ayuno y oración, Salvador y Paraguay. Frente a dicha actitud resalta aún más la actitud de cerrazón europea. La religión quedó aún más confinada en el fuero interno al cerrarse los templos y prohibirse las procesiones (que siempre podrían haber sido expiatorias y hechas sin publico). Incluso en Cuaresma.

Para estos autores “punitivos” habrían aparecido “avances” del progresismo e individualismo libérrimo (muy súbitamente para la historia humana y de forma quizás programada lo que, en su cosmovisión, constituirían más bien “regresión”, “degeneración” o “libertinaje”; es decir “pecados”. A saber: control de la natalidad (que llevaría, según ellos, a tasas de natalidad por debajo del índice requerido para la pervivencia de una civilización), divorcio (que ya es exprés cuando está tan cerca aun el tiempo en que estar con un divorciado podía costar una corona como la británica!), pornografía (la cosificación del sexo y el mayor disolvente de las relaciones estables y de mutuo respeto) aborto y eutanasia (que extinguirían en un principio la vida más débil, emergente y declinante, aunque, como subrayan que dijo M Teresa cuando recogió el Nobel: ¿si no se respeta lo más sagrado q es la vida en el interior de la madre, cómo nos vamos a respetar unos a otros?), generalización de la ideología de género y el feminismo radical, etc. Y, según estos autores tradicionalistas, veremos como la secuencia continuará con la legalización de: pederastia, poligamia, poliandria, bestialismo, incesto (como los faraones) seres transgénicos y semi animales (como en la isla del Dr. Moreau de H.G. Wells) …Serían progresos/regresos que llevarían, según ellos, hacia un hombre-masa amorfo, sin raíces y mucho más manipulable. Y ese proceso que consideran “deshumanización” seguiría imparable en una especie de huida hacia adelante…al abismo.

Pero el problema más serio es la ideología, en apariencia opuesta, que se está intentando insertar en la cultura de masas del transhumanismo , tema tan importante y extenso que no podemos tratar aquí pero que puede suponer dentro de mucho menos de lo que creemos una sociedad dual con unos privilegiados en la cúspide que aspiran a ser inmortales con los nuevos avances de la genética, biotecnología y la robótica y una nueva estirpe cósmica cuasi perfecta para los pudientes gracias a su conectividad con los grandes cerebros de la IA. Mientras que, por otro lado, quedaría una mezcolanza infrahumana para los que no pudieran permitirse tales lujos conspicuos, que sufriría el desdén de aquellos cuando no la degradación social y el apartheid. Antes nos comunicábamos en el circulo estrecho de un pueblo y un trabajo. Hoy a través de las redes sociales con miles de personas. Cuando con el transhumanismo nos conectemos con millones de seres (o uno solo que finja ser millones) el ruido de sus voces no estimulará nuestra inteligencia, sino que nos aturdirá y hará más estúpidos y eliminara cualquier tipo de tiempo libre. Cuando en 2045 se llegase a la llamada “gran singularidad” que anuncian estos pensadores (y muy posiblemente llegue antes) con una maquina inteligente hiperconectada y más inteligente que todos los hombres del mundo juntos, ésta podría conocer todos nuestros actos y opiniones, incluso nuestros pensamientos pues se conectaría a las mentes. Es decir que esta gran máquina sería el dios del futuro (no del pasado) que sabría todo sobre todos nosotros y nos conduciría a un nuevo Edén. Esta nueva filosofía preconiza la inmortalidad de algunos hombres, la “muerte de la muerte”. Seréis como dioses, no moriréis nunca, les dijo la Serpiente en Genesis 3, si coméis el fruto del Árbol del conocimiento del Todo. Aquella transgresión ya habría motivado una vez la expulsión del Paraíso. La historia podría repetirse.

Si existiera un Dios personal y trascendente como el bíblico todo hace pensar que no podría aceptar lo que estanos viviendo. Por mucho menos dice la Biblia que cayeron fulminadas regiones enteras. Sin embargo, escuchamos la imploración que hicieron de forma solemne los obispos españoles en Semana Santa y parecían, salvo muy pocas honrosas excepciones, predicas de beatas lacrimógenas, o de funcionarios unánimes e inanes. Perplejos y sin saber que decir para no salirse del guion marcado, todos imploraban el fin de la crisis, pero casi ninguno hacia una reflexión sobre la existencia de culpa, individual y colectiva y la necesidad de arrepentimiento o expiación. En la iglesia actual sobra el “irenismo” (ya nos advirtió Pio XII sobre el peligro de una falsa paz) y no queda ya casi nadie que “ose” una defensa fogosa de la moral y el dogma. Incluso El predicador oficial del Vaticano, P. R. Cantalamessa, luego raudamente ascendido a cardenal, explicó en presencia de Francisco que bajo ningún concepto la Pandemia de C19 debería ser considerado un castigo divino y que Dios ha dado a la naturaleza una cierta libertad. (de nuevo una explicación causal natural).

Y aquí llegó, laus Deo, una interesante polémica, luego silenciada, con las tesis que defendía el P. Fortea, quien ha defendido brillantemente la posibilidad de un castigo y de la cólera de Dios en impactantes YouTube sobre como hoy Él nos está hablando con la Pandemia5. Se trata de un predicador por las Redes que habla con tono suave y casi tímido, pero dice cosas fortísimas y apremiantes para hacernos recapacitar y enmendar… o las dijo hasta que, según parece, sobre este tema crucial tuvo que callarse ya en abril. Según él no estaríamos en el Armagedón, sino en periodo de prueba y purificación hasta que se llegue a una nueva restauración en Cristo y que durará varios años, los que se requieran para un arrepentimiento y una regeneración espiritual del mundo. Dios es bueno, pero, según él, el vaso de iniquidad se ha colmado y ahora vendría la tribulación de una sociedad que ha conculcado Sus mandamientos, ha esculpido un nuevo becerro de oro y ha prescindido de Dios hasta convertirse en una siniestra “factoría de destrucción de las almas”. ¿No es mejor que Dios actúe y tenga un plan y que, aun respetando nuestra libertad, no nos deje totalmente a nuestros propios desvaríos? -exclamaba-. Dios es Señor y habla con palabras y con hechos: ¿si pudo parar el sol para Josué y contra los filisteos, lo cual no parece algo muy natural, como no va a poder también castigar? ¿Cuánto podría durar esta travesía del desierto? No sabemos: faltan solo 13 años para el segundo milenario de la pasión de Jesús.

En fin, siempre nos queda la Esperanza y debemos releer atentamente la historia del rey de Judea Manasés. Gobernó casi medio siglo y, después de ser un cruel tirano que cayó en todo tipo de degeneración e idolatrías incluidos la invocación de espíritus y el sacrificio de niños, sufrió calabozo y tortura, se arrepintió y volvió al trono siendo el símbolo del “perdón divino”. Confinados como Manasés, también nosotros podríamos aprender de lo que nos está sucediendo.

(continuará) Jose Felix Merladet

Notas

(1) Una vez oí una bella historia judía según la cual los fetos abortados pueden hacer guardia en los cementerios y causar la muerte o mucho daño a los visitantes vivos responsables de que no nacieran.
(2) Desde el documento de 2007 de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre ellos bastantes teólogos aceptan la salvación de los abortados por una especie de “bautismo de sangre”.

(3) Un filósofo tan concienzudo, exhaustivo y poco sospechoso de heterodoxia como Sto. Tomas de Aquino así lo creía

(4) En Romanos, 1, 18, habla de la Ira de Dios revelada desde el Cielo contra la impiedad y la iniquidad de los hombres, o en Efesios V, 6 que ninguno os engañe con palabras vacías porque por estas cosas (codicia, idolatría, fornicación, impureza…) viene la ira de Dios… (aunque sea dejando o no actuar a las leyes naturales). También en I Corintios 6, 9 y ss.: Los que obran incorrectamente no heredaran el Reino de los Cielos y da una larga lista de lo que es obrar incorrectamente que -como dice el P. Fortea- hoy ya no se puede decir. Son criterios de conducta que esta sociedad hoy ha rechazado. Hebreos 2, 2 y 3 porque la Palabra de Dios probó ser inalterable (en el AT) y cada “transgresión y desobediencia recibió justo castigo”. O en su testamento espiritual en Hebreos 2.

(5) Con sermones Youtuberos de títulos fascinantes como: La Pandemia, un análisis teológico de 15 -3-20, La Pandemia a la luz del 4o jinete del Apocalipsis, 30-3-20, el Coronavirus y la teología liberal 8-4-20, La Pandemia: Por estas cosas viene la Ira Divina del 19 -4-2020. ¿Y si estamos ya recibiendo la visita de los caballos blanco, rojo, negro y verde claro del Apocalipsis de Juan (hambre, guerra, muerte, peste) en otro orden? Este tipo de preguntas y muchas otras sobre la ira divina se planteaba el P. Fortea, sacerdote exorcista visionario. Por cierto, las letras cambiadas de su nombre y título forman la palabra “Profeta” …