No sé, Rick

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Son malos tiempos para la fe. Este último año y pico ha sacudido la de bastantes y arruinado la de muchos, quizá para siempre.

Hablo de la fe secular, de la fe que se contraponía a la fe sobrenatural, de la fe que la mayoría de la gente mantiene sin llamarla así, pensando que es otra cosa, que es lo contrario, incluso. Pero es fe, en su sentido más prístino, etimológico: confianza en que lo que nos dicen es cierto.

Estos tiempos, digo, han sacudido incluso la ingenua noción de que lo nuestro no era ‘fe’; que nosotros, ciudadanos modernos, solo creemos lo que vemos y podemos tocar. De algún modo hemos concluido que confiar en un Excell ajeno no es fe, pero estamos despertando lentamente, a fuerza de palos.

Toda la vida en el bar dando por bueno el axioma de que “estos tíos son todos unos mentirosos”, y ahora comprobamos que seguimos creyéndoles ciegamente. Que una sotana no nos hace creer, pero una bata blanca, sí.

Este tumultuoso tiempo del que hablo empezó con nuestra cohorte de predicadores mediáticos riéndose del virus y llamándonos idiotas por tomárnoslo en serio, y siguió sin una pausa medio decente con esos mismos santones cambiando la cara y el mensaje para llamarnos idiotas si no nos sometíamos a un terror abyecto. Ayer mismo insinuar que el aciago bichito era de diseño y había salido del laboratorio de Wuhan era castigado con la burla y el ostracismo; hoy, como proclama El País, el Osservatore Romano de la nueva fe, con indeliberada comicidad esa hipótesis, ampliamente compartida ya, “ha salido” del campo innombrable de los negacionistas.

No sé, Rick, parece falso.